Haití no se vacía por casualidad. Se vacía por sistema.
Un mecanismo complejo permite que pequeños grupos de hombres y mujeres practiquen una política de decapitación y de tierra arrasada. Una práctica que genera desigualdades sociales y las perpetúa en detrimento del pueblo haitiano — el gran perdedor.
¿No es hora de cuestionar la verdadera vocación de quienes, día tras día, se presentan como líderes políticos y decisores influyentes de la economía haitiana?
Bajo las balas de las bandas armadas, bajo el peso del hambre, bajo el colapso del Estado, millones de haitianas y haitianos toman el camino del exilio o se desplazan dentro de un país que se ha vuelto irreconocible. Más de un millón de desplazados internos, cerca de dos millones de miembros de la diáspora, una economía en recesión, instituciones fantasma: no se trata de una crisis pasajera, sino de una maquinaria bien engrasada de reproducción de las desigualdades.
Este artículo de nuestro colaborador Marc Arthur Paul pone en evidencia una verdad incómoda pero necesaria: las élites políticas y económicas haitianas no son simples testigos del desastre, son actores centrales del mismo.
Una crisis contemporánea arraigada en la historia
Roger Gaillard ya lo había señalado: en Haití, el poder históricamente se ha construido contra el pueblo, nunca con él. El período abierto tras el asesinato de Jovenel Moïse en 2021 no ha hecho más que confirmar esta constante. Gobiernos de transición sin legitimidad, ausencia de elecciones, clientelismo persistente: el Estado funciona sin la nación, y a veces contra ella.
El vacío institucional así creado se convierte en un terreno fértil para las bandas armadas, que hoy ocupan el espacio dejado por unas élites más preocupadas por preservar sus privilegios que por reconstruir el contrato social.
Una economía pensada para excluir
Étzer Émile completa este diagnóstico con una lectura económica implacable. Haití no es pobre por fatalidad, sino por decisiones políticas repetidas. Una economía rentista, dominada por la importación, los oligopolios y la informalidad, impide cualquier movilidad social real. Mientras la mayoría apenas sobrevive, una minoría captura los recursos, desvía oportunidades y bloquea la inversión productiva.
El resultado: desempleo masivo, inseguridad alimentaria generalizada y una constante fuga de talentos hacia la diáspora — un país que exporta sus cerebros e importa su miseria.
Price-Mars, o la profecía ignorada
Frente a esta realidad, el pensamiento de Jean Price-Mars resuena como una advertencia desatendida. Ya en 1919 llamaba a la élite haitiana a asumir una vocación nacional: servir, educar, integrar, guiar. Un siglo después, la alienación cultural, el desprecio por las masas y la desconexión social que denunciaba siguen estructurando el orden dominante.
La élite se ha globalizado. La nación se ha fragmentado.
El éxodo como síntoma y como consecuencia
La emigración masiva y los desplazamientos internos no son simples respuestas a la violencia: son el producto directo de un modelo político y económico excluyente. Cada partida debilita un poco más el tejido nacional, reduce la capacidad de resistencia colectiva y, paradójicamente, refuerza el poder de quienes permanecen al mando. La reproducción de las desigualdades se vuelve circular, casi perfecta.
Nacionalizar a las élites: una urgencia política
La propuesta es radical en su sentido, pero lúcida en su forma: nacionalizar a las élites — no para expropiarlas, sino para reanclarlas en el interés general. Transparencia, fiscalidad redistributiva, educación cívica, servicio público, movilización productiva de la diáspora: transformar el prestigio social en responsabilidad nacional, el poder en servicio, el éxito individual en palanca colectiva.
Servir o desaparecer
Haití no necesita solamente ayuda, necesita un despertar moral y político. Mientras las élites sigan considerando a la nación como un recurso para explotar y no como un proyecto para construir, el éxodo continuará, la violencia se reciclará y el Estado seguirá siendo una cáscara vacía.
La elección es clara: una élite al servicio de la nación, o una nación sacrificada por sus élites. Y la Historia observa.
Marc Arthur Paul
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