En los bares, restaurantes y discotecas de Haití, ellas están en todas partes y, sin embargo, son casi invisibles. Con una sonrisa impuesta, pasos apresurados y bandeja en mano, las camareras encarnan un servicio indispensable para la economía urbana. Pero tras esta fachada se oculta una realidad brutal: un oficio de los más precarios del país, donde la supervivencia se impone demasiado a menudo sobre la dignidad.
En Haití, ser camarera no es sinónimo de salario. La mayoría de estas trabajadoras no percibe una remuneración fija. Sus ingresos dependen de un sistema de porcentaje sobre las ventas, aleatorio y profundamente injusto. Una noche entera de trabajo puede saldarse con apenas unas pocas decenas de gourdes.
«Una noche trabajé de las 6 de la tarde hasta la 1 de la madrugada y regresé a casa con 75 gourdes. Pagué el transporte y no me quedó nada», confiesa Mireille, de 27 años, camarera en Puerto Príncipe.
Vender cinco cervezas para ganar 50 gourdes es el día a día. Esta inestabilidad financiera sumerge a muchas mujeres en una inseguridad permanente. Muchas son madres y jefas de familia, responsables únicas de la alimentación de sus hijos.
A la precariedad económica se suma el acoso. «El cliente cree que compra más que solo bebidas», relata Sandra, de 23 años. «Si rechazas ciertos avances, el cliente deja de consumir y el jefe te reprocha haberlo espantado. Estás atrapada entre tu dignidad y el miedo a perder el empleo».
Lo más indignante es que muchas tienen títulos en turismo y hotelería. En pleno 2025, esta situación es indefendible. Defender a las camareras haitianas es negarse a que la miseria sea una fatalidad y afirmar que la justicia social es una lucha no negociable.
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