17 de marzo de 2026. En toda investigación por asesinato, la primera regla es clara: asegurar inmediatamente la escena del crimen. Sin embargo, en el caso de Jovenel Moïse, esta exigencia fundamental parece haber sido ignorada.
El juicio en curso en Miami, ante la justicia federal estadounidense y bajo la supervisión de la jueza Jacqueline Becerra, continúa revelando fallas inquietantes. En el banquillo de los acusados figuran Arcángel Pretel Ortiz, Antonio Intriago, James Solages y Walter Veintemilla, sospechosos de haber financiado y organizado un complot para asesinar a Jovenel Moïse con el objetivo de obtener contratos públicos.
La defensa sostiene, no obstante, que el comando colombiano tenía como misión únicamente arrestar al presidente, y que este habría sido asesinado antes de su llegada por miembros de la seguridad presidencial o de la policía. Un quinto acusado, Christian Emmanuel Sanon, será juzgado por separado por razones de salud.
Entre aproximadamente la 1:00 de la madrugada —momento del ataque— y las 10:37 a. m. —hora del acta levantada por el juez de paz Carl Henry Destin— persiste una interrogante central: ¿quién controlaba realmente la escena del crimen? ¿Quién entraba? ¿Quién manipulaba las pruebas?
El acta consultada por nuestra redacción indica que, tras la colocación de los sellos, Jean Laguel Civil, Vilson Éloge y Lucita Lumenes fueron designados como custodios. También precisa:
«Después de lo cual, nombramos a los señores y señora […] como guardianes de los sellos […] Finalmente, entregamos al camillero, el señor D. Jango Noël, la orden de levantar el cuerpo […] ordenándole formalmente no tomar ni permitir que se tomen fotografías del mismo […] Permanecimos en funciones […] hasta las cinco y treinta de la tarde.»
Sin embargo, tras la salida del juez de paz a las 17:30, surge una nueva zona de sombra: ¿quién aseguraba realmente el control de los lugares, a pesar de estar bajo sellos judiciales?
Otra interrogante clave: ¿para qué morgue trabajaba D. Jango Noël? ¿Y por qué, durante el juicio, varios actores afirman no saber dónde se encontraba el cuerpo del presidente antes de la autopsia?
La incertidumbre es total.
Cuatro años después de los hechos, las audiencias en Miami siguen planteando serias dudas sobre la gestión de la escena del crimen.
En el estrado, un agente del Federal Bureau of Investigation (FBI), Martin Suarez, reconoció que no se tomaron huellas dactilares ni se realizaron pruebas de ADN.
No obstante, confirmó la presencia de múltiples elementos materiales: impactos de bala, charcos de sangre cerca de la cama, y rastros que podrían pertenecer a Martine Moïse, sin que se haya llevado a cabo ningún análisis científico.
«Hicimos lo mejor que pudimos mientras estuvimos en la residencia, pero el factor tiempo influyó», declaró el agente, citado por el Miami Herald.
Interrogado por la defensa, en particular por el abogado David Howard, sobre la ausencia de técnicos especializados en la escena del crimen, Suarez fue cuestionado: «¿Permanecieron seis horas […] y no tuvieron tiempo para recolectar muestras?». Su respuesta fue directa: «Estuvimos en la residencia durante seis horas […] No tuvimos tiempo». Indicó que su equipo, que llegó a Haití dos días después, recolectó casquillos, municiones y un dispositivo tipo “flash-bang”, sin realizar análisis profundos ni inspeccionar la parte trasera de la vivienda.
Las fotografías presentadas al jurado muestran un interior en desorden, que la defensa califica de «caos», sugiriendo una posible puesta en escena. Suarez afirmó no poder confirmar el estado inicial del lugar, aunque sugirió que los atacantes buscaban algo. Asimismo, documentos oficiales señalan que ninguno de los acusados estaba vinculado a agencias federales estadounidenses.
En síntesis, según este testimonio —pese a al menos tres visitas a la escena—:
- no se recolectaron huellas dactilares
- no se realizaron pruebas de ADN
- no se analizaron muestras de sangre
- la presencia en el lugar fue limitada a unas seis horas
¿Por qué una intervención tan breve en un caso de asesinato presidencial? ¿Por qué las evidencias observadas no fueron explotadas ni enviadas para peritaje, a pesar de múltiples visitas del FBI?
El testimonio pone en evidencia una intervención limitada, sin explotación científica de los indicios. Estos fueron posteriormente transferidos a la Policía Nacional de Haití, dirigida en ese momento por Léon Charles, cuyas explicaciones —incluida su última intervención en Télé Métropole— no han resultado convincentes.
El Ministerio Público, bajo la dirección de Bedford Claude, también es cuestionado por su lentitud: tres días para realizar la autopsia de un jefe de Estado.
A ello se suman zonas de sombra persistentes: falta de información sobre la conservación del cuerpo, silencio institucional e incoherencias en la cadena de custodia.
En el plano político, Claude Joseph criticó recientemente decisiones de Ariel Henry, en particular la destitución de Bedford Claude y del ministro de Justicia Rockfeller Vincent.
Cabe preguntarse si debe interpretarse de otro modo la ironía lanzada por Claude Joseph durante su audición en junio pasado, cuando declaró en criollo: «Es por vergüenza que el juez Walther Voltaire no escribió en su ordenanza que el presidente Jovenel Moïse se suicidó. ¡Es por vergüenza que no dijeron que fueron zombis!».
Por su parte, Dimitri Hérard, inculpado en el caso, solicitó en diciembre la desclasificación de documentos estadounidenses, considerando que elementos clave permanecen bajo secreto, especialmente tras las sanciones canadienses en su contra.
Desde las 5:00 de la mañana del 7 de julio de 2021, en Radio Caraïbes, Claude Joseph —entonces primer ministro interino— afirmaba tener «la situación bajo control». Sin embargo, el juicio en Miami dibuja una realidad distinta: la de una escena del crimen sin control efectivo.
Más que un simple caso criminal, el asesinato de Jovenel Moïse revela una profunda desarticulación institucional: falta de coordinación, deficiencias técnicas e interferencias políticas.
En un Estado de derecho, las primeras horas de una investigación son decisivas. En este caso, parecen haber abierto un vacío —un vacío que ni los procedimientos ni los años han logrado llenar.
Una pregunta persiste, en filigrana: ¿fue comprometida la investigación desde su origen, al punto de volver la verdad definitivamente inalcanzable?
Brigitte Benshow y la redacción
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